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Autoestima

“Me desvalorizo, luego existo”

Están los que se rebajan sistemáticamente para suscitar una desmentida aseguradora; los que cuentan las peores desgracias para caer en gracia; los que van en contra de todo con tal de hacerse un lugar; y los que, ante la menor diferencia, acuerdan inmediatamente con el otro, contra sí mismos.

María Teresa es una eterna víctima. Cuando uno de sus amigos le cuenta alguno de sus problemas, siempre se las arregla para demostrar por medio de A más B que no son nada en comparación con los de ella. Ha pasado por todos los sufrimientos, todas las desilusiones. Esta es su carta de presentación. Como si su único valor estuviera en la desdicha; como si sólo encontrara su lugar a través del dolor.

“Cuando estaba embarazada –cuenta Julia– me sorprendía la cantidad de mujeres, generalmente mayores, que me contaban cuán espantoso había sido el parto de ellas, antes de, sin mucha convicción, darme algo de seguridad. Al principio, esos relatos me angustiaban, pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que era una manera de existir. Habían pasado por eso, lo habían vivido como un momento iniciático, era, en cierto modo, una medalla, una condecoración”.

Algunas personas tienden a desvalorizarse sistemáticamente. A los 60 años, Luisa nunca logró curarse de esa tendencia a rebajarse. Por ejemplo, es una excelente cocinera, pero cuando alguno de sus invitados le hace algún comentario positivo, exclama: “Mi comida de hoy fue un desastre, me salió mucho mejor la vez pasada…” A ella le encanta su jardín que cuida con amor, es un rinconcito soñado. Si se la felicita, pretende que no tiene nada que ver, que las flores son naturalmente bellas… “Me siento incapaz de recibir un halago”, explica. “Me molesta, tengo la impresión de que no lo merezco”.

Es mejor ocupar el lugar de “fracaso” que ninguno. Sin embargo, a veces, bajo estas apariencias se esconde la “falsa modestia”. Algunos simulan desvalorizarse para lograr un halago suplementario. En la búsqueda desesperada de reconocimiento, necesitan sentirse seguros por medio de mensajes apaciguadores. Pero su falta de confianza en ellos mismos, les prohíbe mostrar sus virtudes. Usan, inconscientemente, subterfugios para atraer los cumplidos poniendo el acento no tanto sobre los defectos como sobre los límites de sus cualidades. La desvalorización se convierte en un instrumento indirecto de valoración sistemática.

Nathaniel Branden, un especialista en temas de autoestima, afirma que vivimos en una mentira cuando desfiguramos la realidad de nuestra experiencia o la verdad de nuestro ser; cuando nos presentamos como más de lo que somos pero también como menos de lo que somos; cuando fingimos modestia; cuando adherimos a ciertas creencias para gozar de aceptación. La consecuencia más dolorosa de estas mentiras es que nos condenamos a la angustia de preguntarnos cuándo nos descubrirán. El lema sería: “Regalados somos una estafa”. Somos incapaces de mostrar nuestras verdaderas competencias, porque se nos ha persuadido de que amarnos a nosotros mismos es un signo de orgullo o de egoísmo.

También hay personas que, al no tener conciencia de los propios valores, utilizan valores negativos para posicionarse frente a la mirada del otro. Es como un efecto especular, una visión invertida de uno mismo. En la película de Arthur Penn, Little Big Man, las aventuras de un cara pálida entre los indios Sioux, nos encontramos con un personaje muy raro: un “contra”. Es un guerrero cuyo valor consiste en un extraño principio: debe actuar de una manera totalmente opuesta a los demás. Se lava con tierra y se seca con agua, monta a caballo al revés y camina reculando. Su lugar en el seno del grupo está ligado a esta particularidad. Sin saberlo, muchas personas se conducen como “contras”. Para valorizarse, adoptan actitudes opuestas a las prácticas habituales y valoradas: son violentos, critican permanentemente. Están siempre a la defensiva y basan sus relaciones sobre aspectos que, justamente, perturban los vínculos. Por ejemplo, Javier siempre está hablando mal de los otros. Lo que muestra son sus defectos: la crueldad verbal, su gusto por la provocación. Detrás de esta pantalla antipática con la cual se protege, vislumbramos su fragilidad: descansa sobre la enemistad que provoca, para protegerse de su vulnerabilidad a los afectos.

Y están finalmente los que se convierten en el clon perfecto del interlocutor del momento. Siempre de acuerdo con todo, cambian de opinión como de camisa, reenviando al otro sus propias necesidades de aprobación. No pueden defender sus puntos de vista, porque los del otro siempre son los correctos. No pueden arriesgarse a no gustar, a contrariar, a irritar. ¡Podrían no quererlos más! Este es el denominador común de las personas que se posicionan desvalorizándose: buscan en el otro la aceptación y la aprobación que son incapaces de darse a sí mismos.

Sugerencias

  • Ser auténticos: cuando intentamos vivir falsamente, siempre somos nuestra primera víctima, ya que, en definitiva, el fraude va dirigido a nosotros mismos.
  • Hacer una lista de lo que amamos y detestamos de nuestra forma de ser: veremos que tenemos cualidades, dones y potencialidades que es muy probable que desconozcamos. ¿Por qué no explotarlas?

El lema sería: “Regalados somos una estafa”. Somos incapaces de mostrar nuestras verdaderas competencias, porque se nos ha persuadido de que amarnos a nosotros mismos es un signo de orgullo o de egoísmo.

Aceptar las propias virtudes: para algunos, reconocer lo mejor de sí mismos puede ser un desafío más difícil que aceptar el “lado oscuro”.

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