Categorías
Equilibrio Emocional

“Me niego a ser adulto”

Actúan permanentemente como niños o juegan a ser adolescentes tardíos, dejando de lado cualquier responsabilidad. ¿Por qué no pueden madurar?

“Prefieren la niñez y la adolescencia a la vida adulta, a menudo connotada negativamente, y esperan que aún subsistan algunos rasgos de ellas”, escribe Jean-Pierre Boutinet en su libro “L’immaturité de la vie adulte” (La inmadurez de la vida adulta), ya que ser adulto, no es sólo haber ‘dejado de crecer’ (adultus) sino también saber tomar decisiones y demostrar independencia. Una actitud que Cristina a los 55 años es incapaz de tener: “No sé manejar, detesto estar sola y no puedo administrar el dinero cotidiano sin la opinión de mi marido”. Lorenzo, de 29 años, reconoce directamente: “Sé que entro en la categoría ‘adulto’, pero no me siento como tal. Me identifico más con la palabra ‘joven’. Mi imagen mental es muy diferente de la que me muestra el espejo. Interiormente, me siento igual que cuando era chico, adolescente. La situación es muy conflictiva”.

Nostalgia de la infancia

“Detrás de la dependencia afectiva y económica se esconde un profundo temor de asumir responsabilidades, un deseo de refugiarse en la infancia para huir del mundo real”, explica Jacques Arènes, psicoanalista, co-autor de “La Défaite de la volonté” (La derrota de la voluntad). La nostalgia de la infancia es a veces tan fuerte que algunos individuos intentan, como Peter Pan, retrasar la entrada en el mundo adulto. Se habla entonces de “adulescentes” (contracción de adulto y adolescente). Un término forjado por el psicoanalista Tony Anatrella para designar a “adultos de cualquier edad que se infantilizan y viven una prolongación interminable de la adolescencia” y que retoma la periodista Marie Gral en su libro “Les adulescents, enquête sur les nouveaux comportements de la génération Casimir” (Los adolescentes, encuesta sobre los nuevos comportamientos de la generación Casimir). Esta obra retrata esa vasta población, aparecida en los años ‘80 en todos los países industrializados: “Tienen entre veinticinco y cincuenta y cinco años y un único temor: parecer viejos”. Son esclavos de sus sentidos, sus deseos y sus placeres. Tanto en el consumo como en las prácticas culturales, los “adulescentes” van desde una huída hacia delante que los empuja a comprar todas las novedades tecnológicas a una regresión hacia lo que hacíamos cuando éramos chiquitos. Para Marie Giral, los valores adolescentes guían nuestras vidas: opone el deber de antaño al desear de hoy en día, la duración contra lo instantáneo, lo ordinario a lo excepcional, el responsable al inmaduro…

Jerónimo, de 33 años, vive en la casa de sus padres y allí hace y deshace a su antojo: se maneja como si viviera solo, pero tiene la comida hecha y la ropa limpia… gratis. “Teniendo en cuenta mi situación económica, no estoy en condiciones de alquilar un departamento y mantenerme solo… ¿qué quieren que haga?” Los especialistas sostienen que esto revela una gran dificultad para hacerse cargo de uno mismo. “Los adulescents dejan siempre para más adelante el momento de comprometerse con un empleo o una vida afectiva estable y continúan manteniendo una relación infantil con la trasgresión”, observa Jacques Arènes.

Este comportamiento es tanto más problemático cuando los individuos mismos son padres o madres de familia, ya que como modelo de identificación de sus hijos no son consistentes e impiden que estos se proyecten en el futuro.

Simone y Moussa Nabati, autores de Le père, à quoi ça sert? (El padre ¿para qué sirve?) hacen referencia a aquellos hombres que, por su temor a envejecer, niegan las diferencias generacionales, se sitúan al mismo nivel que sus hijos cuando los toman como confidentes, como si se tratara de compinches, amigos, hermanos, pares. Muchos prefieren que se los llame por el nombre: “Llamar al padre por su nombre tiene por lo menos dos importantes significaciones inconscientes. En primer lugar, la paternidad está negada, el lazo de filiación (‘Soy tu padre y tú eres mi hijo’no está claramente delimitado. En segundo lugar, la diferencia generacional (‘Tú eres joven y yo soy adulto’se encuentra borrada, en pos de una homogeneización, una paridad”, señalan.

Sara, 48 años, publicista: “Durante mucho tiempo me comporté como una verdadera adolescente. Vivía como si tuviera veinte años menos, como mis hijas, y era incapaz de llevar a cabo la organización de mi casa, mientras que era muy eficaz en mi trabajo. Para las compras, las salidas de mis hijas o cualquier otra cosa por el estilo, había tomado la costumbre de apoyarme en mi marido. Hasta el día que él se hartó y se negó a seguir respaldando mi conducta. Desde ese momento, ayudada por una terapia, me esfuerzo por asumir mis verdaderos roles: de mujer, de madre y de esposa”.

Lo inaceptable, en general, para las personas que se niegan a ser adultas es no ser el único centro de interés de su entorno. Tienen a menudo una visión paradisíaca de la infancia, que han idealizado, asociándola al reino del niño-rey, y temen perder sus ventajas al crecer. Confunden el afecto que se les tiene con la atención y el tiempo que se les dedica. Convertirse en un ser adulto es, para ellas, arriesgarse a perder el amor de los otros y no quieren considerar esa posibilidad.

Sugerencias para cambiar de conducta:

  • Abrir bien los ojos: empezar por dejar de contarnos historias. En lugar de refugiarnos en el mundo infantil frente a la menor dificultad, tratar de encarar la realidad con lucidez. No huir de nuestras responsabilidades, posponiéndolas siempre para más tarde, sino tratar de enfrentarlas.
  • Hacer un balance: lápiz en mano, hacer un sincero balance de nuestra conducta a fin de evaluar el grado de autonomía. Trazar dos columnas: definir, en primer lugar, las acciones positivas que hemos cumplido como adultos; y, en segundo lugar, establecer la lista de todas las que quedan por hacer. ¿El objetivo? Tomar conciencia no sólo de la dependencia sino también de las posibilidades y así poder salir del infantilismo que nos encarcela.

Consejos para el entorno

¿El comportamiento del eterno adolescente lo irrita? ¿No soporta su huída frente a las responsabilidades? Evite a toda costa un ataque frontal. Ponerse nervioso no hace más que agravar las cosas y seguir en el círculo vicioso. Al sentirse agredida, la persona se pondrá en víctima y encontrará en esto un motivo suplementario para encerrarse aún más en la pasividad.

Es preferible, pues, tratar de tomar distancia. Comience por no aceptar más entrar en su juego y no asuma las responsabilidades que no le corresponden. Luego, hágale comprender, suavemente, que no puede seguir viviendo de una manera infantil y negarse a crecer sin que esta situación perjudique la relación que tienen.

Se habla entonces de “adulescentes” (contracción de adulto y adolescente). Un término forjado por el psicoanalista Tony Anatrella para designar a “adultos de cualquier edad que se infantilizan y viven una prolongación interminable de la adolescencia”.

  • Hacernos cargo: no esperemos más para actuar, ¡reaccionemos! En lugar de emprender grandes cosas imposibles, fijémonos objetivos concretos y realizables. No dudemos en apoyarnos en los consejos de nuestro entorno y en consultar a un terapeuta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *