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Crecimiento Interior

“Me peleo con todo el mundo”

Con los padres, con la pareja, con el jefe, con los amigos. Hay gente que siempre tiene motivos para discutir, ofenderse, dar un portazo, cortar la línea, pegar un grito.

¿Cómo se explica este comportamiento? ¿Y qué se puede hacer para revertirlo si es uno el que lo padece?

La asertividad, según explica la psicóloga madrileña Olga Castanyer, es la habilidad para expresar sentimientos, deseos, opiniones en el momento preciso, sin agredir, o vulnerar los derechos de los demás.

Hay quienes, lejos de lograr esta apetecible cualidad, se caracterizan por realizar sus intercambios en un estilo agresivo, poblado de reproches, acusaciones y amenazas, sin tener para nada en cuenta los sentimientos del otro. Aquí, algunos de los factores que pueden determinar este particular comportamiento:

*Una autoestima poco asentada. Nuestras relaciones con los otros nos dan información sobre el lugar que ocupamos en la sociedad, la influencia que ejercemos, el amor o el reconocimiento que deseamos. Esta necesidad de reconocimiento puede ser vivida como una forma de dependencia hacia el otro, que nos fragiliza. Esperar que un tercero legitime nuestra existencia es darle un gran poder sobre la calidad de nuestro equilibrio interno. Apenas nos hacen una crítica, o nos niegan algo, por ejemplo, nos sentimos amenazados y entonces surge el conflicto. Es el caso de Antonio, 46 años, gerente de un supermercado: “Que critiquen mis iniciativas me saca de las casillas. No soporto que alguien se permita emitir ninguna opinión sobre mis decisiones, no importa cuáles sean. Me resulta insoportable. De ahí, a tomármela con el primero que esté a mi alcance, hay un paso”. La programación neurolingüística (PNL) denomina “referencia externa” a ese movimiento que consiste en buscar la estima de uno mismo en el exterior en lugar de hacerlo con los propios recursos. Al no sentir seguridad, el individuo reacciona mal ante el menor comentario y desarrolla una actitud peleadora, pero en el fondo está clamando “Ámenme”.

*Una prolongación en la edad adulta de una conducta omnipotente, propia de la niñez. De acuerdo al análisis transaccional, la omnipotencia es la promesa de ver satisfechas todas las necesidades. Para el bebé, es normal que su madre esté disponible siempre y en todo lugar. Al crecer, comprende que no es una prolongación de él; aprende a postergar la satisfacción de sus necesidades, e incluso a renunciar a algunas de ellas. Pero, algunos adultos no quieren ver la realidad tal cual es. Todo desacuerdo es, entonces, vivido como un rechazo a sí mismos; toda postergación de un proyecto representa una amenaza a la existencia. El adulto, de alguna manera, regresa al estado de un niño que patalea, muerde, grita cuando no se le da su juguete. Daniela, 35 años, editora, cuenta: “Cuando las cosas no suceden como las programé, me pongo a insultar al primero que tengo adelante. La semana pasada, por ejemplo, me di cuenta de que mis colegas no habían utilizado una encuesta que me había costado mucho tiempo elaborar: veía todo rojo, como en los dibujos animados. Si mi jefe me pide modificar mi plan de trabajo, me da una bronca bárbara. Me desestabiliza y me estresa”.

*Una emoción prohibida en el medio familiar. Para la psicoanalista Alice Miller, la cólera causada por vejaciones, humillaciones, desvaloraciones, etc., es reprimida, y mantenida en el inconsciente, lista para saltar, ya sea en contra de uno mismo o de otras personas. Al no haber podido expresarla en su momento, y así aprender a controlarla, reaparece más adelante en su forma bruta, en cualquier circunstancia. Franco, 50 años, cineasta, recuerda: “Desde muy chico, tengo el sentimiento de no haber sido amado. Mi hermano era el preferido de mis padres, y yo estaba muy pero muy celoso. Lo mismo en la escuela, y en la facultad. A pesar de siempre obtener calificaciones muy buenas, no le daban ningún valor. Siempre lo miraban a él. Entonces, me convertí en alguien hosco, malhumorado. Actualmente, cuando los críticos no reconocen mis méritos y halagan a ‘mediocres’ me pongo loco de rabia: y me las tomo con los periodistas, con mis pares, con mi familia… De pronto mi vida se convierte en algo infernal”. Pero también otras emociones, como el miedo o la tristeza, pueden haber sido prohibidas. Habituada a ocultarlas, la persona puede sustituirlas por otra: la cólera, ejemplo clásico de un estrés convertido en irritabilidad.

Pelearse con todo el mundo y por cualquier motivo, debería llevarnos a reflexionar qué hay por detrás de esa forma de comunicarnos: ¿miedo? ¿Inseguridad? ¿Deseos de sobresalir? ¿Necesidades insatisfechas? Para comenzar a cambiar de actitud se puede hacer esta pregunta: ¿Logramos nuestro objetivo con las peleas?

Válvula de escape

Los terapeutas franceses Serge y Carole Vidal-Graf, en su libro “Comment bien se disputer en couple”, de Ed. Jouvence, consideran que, en la pareja, las peleas son no sólo inevitables sino que sirven como una especie de válvula de seguridad para su buen funcionamiento, porque para estos autores pelear no es sinónimo de agresión sino es expresar el enojo sin demasiada violencia verbal, saber escuchar la verdad del otro, para finalmente encontrar un punto de acuerdo en el que los dos miembros de la pareja se realicen plenamente.

En algunas ocasiones, las peleas tienen que ver con el deseo, con la seducción. Muchas parejas encuentran en ellas la forma de erotizarse, un buen condimento para una futura reconciliación entre las sábanas. Esto, claro, si la discusión se da dentro de ciertos límites. Cuando estos se desbordan, por palabras o gestos hirientes, el reencuentro se vuelve difícil.

Sugerencias para mejorar los intercambios:

  • Aprender a “asociarnos” y expresar los sentimientos en “adulto”.
  • Asociarse es estar atento a las vivencias internas y aceptarlas. Un aprendizaje que consiste en discernir el sentimiento auténtico y comprender sus motivos. Podemos, entonces, expresarlos no ya en su forma bruta sino con palabras aceptables para el otro.
  • Tomar distancia de nuestros propios actos: cuando nos identificamos demasiado con nuestros actos, los comentarios, críticos o no, son tomados como cuestionamientos a nuestra mismidad. Pero nosotros somos mucho más que ese acto criticado. Podemos reactivar recuerdos positivos para analizar con lucidez las fuentes del conflicto y desdramatizarlas. Al concentrarnos en este análisis, neutralizamos la explosión peleadora.
  • Hacer dialogar las diferentes partes de nosotros mismos. La PNL afirma que toda acción tiene una intención positiva, incluso la pelea. Una parte de nosotros desea modificar determinada situación. Otra parte de nosotros querría vivir las relaciones constructivamente. Deberíamos tomarnos nuestro tiempo para que cada una de ellas se exprese. De ese diálogo surgiría un compromiso: es legítimo expresar lo que nos pasa y lo que deseamos, pero no hace falta pelear.

Consejos para el entorno:

  • Comprender que el otro quiere transmitir un mensaje, pero manifiesta, a través de las peleas, una dificultad en su expresión.
  • Dejar que explote, se descargue, aunque sus palabras duelan.
  • Para pelearse se necesitan dos.
  • No intimarlo para que se calme sino escucharlo diciendo: “te comprendo”, y nada más.
  • Reformular sus palabras de manera más positiva y sobre todo en un tono más calmo.
  • Interrogarlo sobre los motivos de su necesidad de pelear.
  • No moralizar, simplemente posicionarse en una actitud empática y de escucha.

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